Superficiales propone contestar a la pregunta formulada en el subtítulo: ¿Qué está haciendo Internetcon nuestras mentes?. La pregunta es muy amplia y extensible incluso a la idea de si la Web está modificando físicamente nuestros cerebros. ¿Nos está cambiando a nosotros, los que vivimos en este mundo digital sobrevenido? Y más concretamente: a pesar del optimismo tecnológico reinante, ¿no nos estará volviendo más tontos, superficiales, banales, conformistas o acríticos?
Sirviendo a esta honradez, a Carr no le duelen prendas en citar extensamente trabajos de otros estudiosos que rebaten, o incluso ridiculizan, su tesis de nuestro embrutecimiento colectivo a manos de las tecnologías digitales. Como Steven Johnson, que en 2005 publicaba Everything is Bad for You, donde pone en solfa la postura del «moralista» en esta nueva edición del eterno debate entre entusiastas y detractores, robots contra ludditas, que sigue a toda gran innovación tecnológica: este cacharro, ¿es bueno o malo? ¿Nos mejora o nos empeora? Johnson comparaba la «extensa y torrencial actividad detectada en los cerebros de los usuarios de ordenadores con la actividad mucho más serena que se veía en los cerebros de los lectores de libros impresos», los que se formaron en la quietud de las viejas y polvorientas bibliotecas. La comparación le llevaba a sugerir que el uso del ordenador genera una estimulación mental mucho más intensa que la lectura de libros tradicionales.
Lo que no hacemos cuando estamos conectados a Internet también entraña consecuencias neurológicas. Así como las neuronas cuyas sinapsis están unidas permanecen unidas, aquellas cuyas sinapsis no lo están, no. Mientras el tiempo que pasamos buceando en la Red supere de largo el que pasamos leyendo libros, en tanto que el tiempo dedicado a intercambiar mensajes medibles en bits exceda grandemente al tiempo que pasamos redactando párrafos, a medida que el tiempo empleado en saltar de un vínculo a otro sobrepase con mucho al tiempo que dedicamos a la meditación y la contemplación en calma, los circuitos que sostenían los antiguos propósitos y funciones intelectuales se debilitarán hasta desmoronarse. El cerebro recicla las neuronas en desuso y dedica sus sinapsis a otras tareas, más urgentes, que se le encomiendan. Adquirimos nuevas habilidades y perspectivas en detrimento de las viejas.
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